domingo, 9 de diciembre de 2012

La Dama Blanca


Dos hojas de tono anaranjado, empapadas en agua.

El agua de esas hojas cae sobre un pozo, profundo y oscuro y al final del pozo, una dama bajo un paraguas.  Aparta el paraguas y recoge las gotas con su dedo índice, las coloca suavemente sobre sus finos labios y con su lengua las saborea, siente su liquidez, su frialdad y el cómo se desintegran entre sus dientes.

Las luces de las estrellas descienden  e iluminan a la joven, haciendo relampaguear su cabello negro y lacio, dejando su desnudez a la vista del Universo. Sus ojos miran hacia el cielo, pidiendo la atención de los dioses y con una sonrisa infantil comienza a escalar el pozo, con cuidado, con imperiosa suavidad, dando saltos paranormales, como si fuera vampiro. Vuela de pared en pared, de ladrillo en ladrillo y finalmente sale y respira hondo, aspirando el aire primaveral y dejando que el viento arrope y amolde su pelo largo.

Camina bajo las sombras de los árboles, buscando refugio. Consigue llegar hasta un lago solitario, bañado en aguas cristalinas y que refleja ya los colores de la luna llena. La joven, desnuda, se introduce en el lago, dejando que el agua helada recorra sus extremidades.

Un unicornio, cabalgando en prados lejanos, siente el aroma de su cuello y, cambiando de rumbo, ilustra a los bosques y animales nocturnos su hermoso pelaje. Llega hasta el lago. Se acerca a la orilla y percibe a lo lejos a la joven, bañándose en aguas frescas.

De pronto, no hay nada más que silencio.

Con sigilo, un hada nocturna comienza a cantar sus mejores arias de ópera.

Los ángeles, en los cielos, sentados sobre las nubes, babean ante la belleza de la humana y ante el volumen de sus pechos.

Las puertas de los cielos, abiertas de par en par, dejan a los hijos de Cupido lanzar sus besos de amor y su semen sobre el aura de la dama, que comienza a danzar con dulzura sus brazos, rodeados de brazaletes de plata, sonriendo a la naturaleza y a la exquisitez de su cuerpo. El Dios que todo lo ve, se resiste a la tentación, aguardando en su trono para perdonar los pecados de sus hijos.

Un carruaje con dragones de fuego se acerca desde la infinitud de los cielos, con un joven de larga melena y ropaje guerrero. Su sonrisa malévola y varonil asusta a la dama, quien intenta cubrir su desnudez, bajo el agua. El joven toca tierra firme y con una espada aparta al unicornio de entre sus ojos, descendiendo las frías aguas hasta unirse con la joven, estremeciéndose ante el contacto de sus cuerpos y agarrando con fuerza su cabello, estrechándola contra él y penetrando su miembro entre los labios de su vagina. Con fuerza, se aferra a ella, haciéndola gemir de placer y locura sexual.

Juntos, se hunden en abrazos y caricias, hasta el amanecer.

martes, 29 de mayo de 2012

El Cordero de Dios

“Una vez cada mil años, desciende de los cielos un cordero de Dios. Él nos recuerda cómo amar, cómo valorar aquello que tenemos y a vivir según nuestro propósito, pero nunca llega a cumplir su misión del todo, porque el daño ya está sembrado en nuestros corazones incluso antes de su aparición.”


Isaac nació con un defecto.
Esa fue la noticia que recibieron sus padres minutos después del parto.
-¿Qué sucede Doctor? ¿Algo va mal?- preguntaba la madre, que sujetaba con sus brazos al bebé, al ver reflejado en el rostro del doctor una cierta preocupación y tristeza.
- Temo decirles que su hijo ha nacido con un defecto en su organismo.- afirmaba el doctor. Estas palabras escandalizaron a María, la madre, quien ya desesperada por saber lo que ocurría, comenzaba a respirar con ansiedad y apretaba con fuerza las sábanas de la cama donde estaba acostada. Elías, el padre, en cambio, intentaba calmarla con besos en la frente, manteniendo la compostura.
-De que se trata, Doctor- preguntaba con relativa serenidad Elías. Aunque sus manos temblaran y su pulso cardíaco se incrementara con forme avanzaban los segundos, no podía dejarse llevar por el miedo. Era el pilar de la familia en aquel instante.
- Es la primera vez que me sucede algo así en toda mi carrera como médico… Vuestro hijo, Isaac, ha nacido con un corazón de cristal.
Ninguno respondió a las palabras del médico. Ni un gesto, ni una mirada, ni tan siquiera una palabra, tan solo un silencio ensordecedor en toda la habitación.

4 AÑOS MÁS TARDE

Faltaba media hora para que María terminara su clase de Abecedario con Isaac. Sus padres habían decidido no llevar al pequeño Isaac al colegio, porque tal y como les dijo el doctor, “cualquier ligero golpe podría destrozar en mil trozos el frágil corazón del pequeño”. Por tanto eran ellos sus únicos tutores.
Isaac no tenía amigos, ni mascotas, ni juguetes. Tan solo le rodeaba el silencio y las paredes acolchadas.
De pronto, mientras María escribía en la pizarra, Isaac le preguntó:
-¿Por qué no puedo ir a la escuela como todos los niños, mamá?
Estas palabras conmovieron a la madre, que se giró hacia su hijo y con lágrimas brotando de sus ojos le contestó:
-Porque tú eres especial hijo mío. Eres diferente a los demás niños. Tu papá y yo te queremos y no te queremos perder…-llorando de impotencia.
-Mamá-contestó el pequeño-si me pierdo, los otros niños me acompañaran a casa.
Tal fue el asombro de María ante aquella respuesta, tal efecto apaciguador produjeron esas palabras, que desde entonces Isaac fue al colegio, a pesar del peligro que esto suponía.

10 AÑOS MÁS TARDE

Todo el colegio cuidaba de Isaac cada día.
Sus compañeros le ayudaban a bajar y subir escaleras para que no tropezara, el profesor de educación física le facilitaba los ejercicios de clase, la enfermera del colegio se cercioraba todas las mañanas, a primera hora, de que el frágil corazón de Isaac palpitaba con normalidad… pero ninguno de ellos pudo evitar que un día, en el horario del recreo, un balón de baloncesto impactase accidentalmente contra su pecho, haciéndole caer sobre el suelo en pocos segundos.
Todos se arrinconaron a su alrededor, desconcertados e irritados por lo ocurrido. Isaac no se movía. Ni tan siquiera respiraba. No daba señales de vida.
-¡Isaac despierta!-gritaba una de sus mejores amigas, Laura.
-¡Isaac, vamos!- también gritaba el profesor de educación física, con su voz gruesa e imperativa.
Poco a poco, cada vez más personas gritaron su nombre con fuerza, hasta tal punto que todo el colegio abandonó por completo sus tareas para centrarse en Isaac.
Isaac, con sus ojos aun cerrados, comenzó a respirar de forma milagrosa. Podía escuchar todas esas voces a su alrededor gritando su nombre. Eso le dio fuerzas.
Apoyó sus manos sobre el suelo y levantó poco a poco su cabeza.
Cuando ya estaba completamente parado, todos fueron a darle un abrazo. Él, tocó su pecho y notó que su corazón de cristal seguía palpitando.

18 AÑOS MÁS TARDE

Para Isaac, la vida era mucho más sencilla que lo que la gente imaginaba.
No entendía como existía tanto dolor, tristeza y oscuridad en las personas, cuando para él, cada minuto de existencia era una bendición.
Isaac decidió dedicar su vida a ayudar a los demás a ser felices.
Cada vez que caminaba por la calle y veía a un vagabundo, en vez de ofrecerle una moneda, le daba su almuerzo o cualquier alimento que llevara consigo y le decía- Con este alimento te haces fuerte y grande. Nunca sabes lo que pasará mañana, así que agradece este instante amigo mío y comienza a vivir a partir de él.
Cuando encontraba en el metro a algún drogadicto, se acercaba a él, tocaba su cara con las manos y le decía- ¿Ves a todas las personas que hay en este metro? Pues todos ellos, como tú, también tienen problemas, pero algo las diferencian de ti. Ellos deciden afrontarlos y tú decides huir por el camino más fácil. Olvídate del pasado, de lo que fuiste… y ama al hombre que está naciendo, en este preciso instante, de tu corazón.
Milagrosamente, cada persona con la que hablaba Isaac no volvía a ser la misma, sino mucho más viva y llena de luz.

El único problema era que cada vez que curaba a los demás, su corazón se iba rompiendo.


 23 AÑOS MÁS TARDE

Ya eran muchas las personas a las que Isaac había curado: ancianos, ciegos, sordos, paralíticos, locos, prostitutas… y al mismo tiempo, cada vez su corazón se debilitaba más.
Sus padres, María y Elías, fueron testigos de todos estos milagros e Isaac lo único que les pedía a ellos y a las personas que sanaba era que mantuvieran en secreto lo ocurrido, pero nunca fue así.

Poco antes de su último milagro, un grupo de 6 personas vestidas con túnicas blancas, capucha y un medallón de oro colgado en sus cuellos, se presentaron en casa de Isaac y le dijeron:

-Isaac. Hemos recibido mucha información acerca de ti y tus milagros. Sabemos que eres un Mesías, porque todo el que oye tu palabra vive a través de ella, se mueve por ella. Nosotros te admiramos y elogiamos por tus acciones y es tanto el amor y la adoración que sentimos hacia ti, que te pedimos que escribas todas tus enseñanzas y normas que quieras trasmitir al Mundo, y así cumplir tu Palabra.

Esta fue la respuesta de Isaac:
No soy un Mesías, ni tampoco un motivo de adoración y elogio. Ninguna de las personas a las que he ayudado era inferior a mí. Si las ayudé a todas ellas es porque ellas mismas, o mejor dicho, sus almas, me lo pidieron. Ningún ciego es imperfecto por ser ciego, ningún vagabundo requiere ayuda por decidir vivir una vida de limosna, ninguna prostituta ha de ser juzgada por poner valor a su cuerpo. Por tanto no pidáis de mí que escriba las normas, porque desconozco las normas. La vida no es más que una improvisación.

Los 6 encapuchados, alarmados con esta respuesta, acudieron entonces al soborno:
-¿No quieres ver como el mundo se postra ante ti, ante tus enseñanzas, Isaac?
Construiremos edificios en tu nombre, predicaremos tu palabra, ¡alabaremos tu alma! Serás nuestro Dios.

Isaac, esta vez molesto, contestó:
-Veo más maldad en vosotros que en todas las personas que han pasado por mí.
Si creéis que con promesas ganaréis mi aceptación estáis equivocados. Yo conozco la verdad. La verdad no es predicar palabras vacías, ni hacer sacrificios para obtener recompensas, ni construir edificios para recibir la misericordia divina. La verdad es el amor de una familia, los buenos actos, ayudar a aquellos que lo necesitan. Ser fiel a tu alma. 
¡Marchaos de mi casa y no volváis jamás! Porque este es un lugar sagrado y solo el de corazón sagrado puede posar sus pies sobre él.

Los 6 hombres de túnica y capucha salieron de aquella casa, molestos y llenos de rabia hacia Isaac, el “falso” Mesías.

Acto seguido, Isaac fue hasta el salón. Dio un beso en la mejilla a sus padres y les dijo:
-Os quiero más que a nada en este mundo, pero es hora de partir. Esta noche haré mi último milagro y con él, mi corazón se hará mil pedazos. Pero antes de marcharme, es a vosotros, padres, a quienes os dejo este mensaje para todo aquel que de corazón puro os pregunte por mí:
Muchos afirmarán mentiras en mi nombre, y sé muy bien que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad. Pero aquel que quiera saber más allá de lo escrito, que escuche, en el silencio, a su corazón para conocer la verdad, y la verdad le hará libre.
Sus padres lloraron desconsoladamente, abrazados el uno al otro y dejando que el destino de Isaac se cumpliera.


Esa misma noche, Isaac salió de la casa y corrió todo lo lejos que pudo. Acabó en un jardín de olivos, bajo la luz de la Luna.
Se arrodilló en el suelo y dejó que el presente se apoderara por completo de su alma: el zumbido del viento, el canto de las hojas, la textura de la tierra en sus manos, el sonido de un lago a 2 Km. de distancia, la Luna, las estrellas… Todos esos detalles eran la mejor manifestación de lo que él consideraba perfección. Dijo en voz baja:

-Esto, toda esta belleza, es Dios.


El último milagro que hizo Isaac aquí, en la Tierra, aun se desconoce. Lo único que sabemos es que, tras haberlo cumplido, su corazón se hizo mil pedazos y su frágil vida llegó a su fin.

Al mismo tiempo, los 6 hombres de túnica, reunidos en una mesa redonda, ignoraron las palabras del Mesías, y empezaron a idear en su nombre los principios de aquello a lo que Isaac se oponía:

“El Libro Santo”

lunes, 30 de mayo de 2011

La muñeca de trapo

Laura siempre fue una buena chica. Trabajadora, estudiosa, de excelentes notas académicas, debido obviamente a sus muchas horas pegada a los libros, todo ello sin contar con sus clases particulares de francés y los días de misa en la Iglesia del pueblo. En fin, una chica un tanto ocupada. Su familia era de las más tradicionales, estaban por completo sujetos a normas de comportamiento y también a una ideología extremadamente católica, incluso Laura se veía predispuesta a ser también como ellos: siempre usaba un lenguaje muy culto para la edad que tenía (la de 15 años), vestía faldas que llegaban hasta sus rodillas, medias altas, gafas de abuela, zapatos cerrados, pelo recogido en un moño con lazos…), en fin, era diferente a las demás, pero eso no le preocupaba. Solo había algo que le inquietaba, algo que la alteraba continuamente y que por mucho que rezaba jamás lograba sacarse de la cabeza: Álvaro.
Álvaro era un chico de su clase muy guapo. Le gustaba a todas las chicas pero las que ignoraba por completo, a veces podía parecer un poco chulo y vago, pero lo querían y respetaban todos en el instituto. Jamás Laura y él llegaron a intercambiar una sola palabra hasta que un cambio en la organización de la clase les hizo ponerse juntos y tener que compartir deberes y trabajos que mandaba el profesor.  Al principio ella tan solo asentía con la cabeza a las preguntas que le hacía Álvaro.

-Eres una chica un tanto extraña ¿sabes?- le dijo con total sinceridad un día de hora libre.
Laura, impresionada del descaro en sus palabras, por primera vez decidió intervenir. Estaba ya algo cansada de lo que opinara el resto acerca de ella.
-Bueno, tampoco esta clase es del todo normal ¿no crees?-señalando con su mirada a lo que sus compañeros de clase hacían. Unos lanzaban aviones de papel por la ventana mientras que otras se peinaban y maquillaban mirándose en su espejo de bolsillo.
-Jajaja tienes algo de razón. Esta clase es cualquier cosa menos una clase-reconocía el atractivo joven.
Poco a poco y sin ella darse cuenta, su relación con Álvaro se hizo sólida, cada vez hablaban más entre horarios de estudio, se entendían y ayudaban con los deberes e incluso llegaban a merendar juntos en el recreo. Ella no podía evitar sentirse alegre y radiante de estar con él, porque Laura no tenía excesivos amigos que digamos, de hecho, era como la “empollona” de clase. Hablar con Álvaro era su posibilidad de sentirse algo menos discriminada y a la vez, lo que sentía por él era algo especial, distinto a una amistad normal y corriente. Estaba enamorada.

-Mamá, he conocido a un chico fantástico. ¡Se llama Álvaro y estoy segura de que te va a encantar!-practicaba la inocente niña en el espejo de su habitación mientras sus padres trabajaban. Tarde o temprano tendría que dar el paso y presentarles a Álvaro a sus padres, pero ¿cuándo sería ese momento idóneo?
Pasaron las semanas y las cosas marchaban aún mejor. Álvaro le escribía pequeñas cartas que dejaba bajo su pupitre, a veces le llevaba golosinas de la tienda de sus padres, otras la acompañaba incluso hasta la esquina de su casa. Todo era perfecto, tanto que ruborizaba por completo a Laura. Era tan bonito lo que estaba viviendo, que esperaba acostada en su cama cada noche a que pasaran las horas para volver a verle, volver a sonreír a su lado.
Un día, el joven le hizo una propuesta que cambió el rumbo de las cosas.
-¿Laura, te apetece bajar conmigo y un par de amigos este fin de semana al centro del pueblo?-le preguntó Álvaro en el recreo.- Ya sabes que son días de fiesta y…no se, había pensando que nos vendría bien desconectar un poco de los exámenes.
Laura pensó una respuesta adecuada, una respuesta que no disgustara a Álvaro, ni le hiciera pensar tampoco que ella no sentía interés por él.
-No creo que pueda Álvaro. Mis padres son un poco estrictos con que salga de noche a la calle. Hay mucho vandalismo fuera, ya sabes.
-¡Venga ya Laura! ¿Qué malo puede pasar? Vas a estar conmigo y solo es una noche.
-Créeme, no puedo. Lo siento.- respondía avergonzada ante la situación y la incapacidad de poder hacer nada.
-Al final vas a ser incluso más extraña de lo que imaginaba.
Esas palabras le dolieron a Laura. Su mejor y único amigo pensaba como los demás, que ella era un bicho raro, una chica de las que hay que dar de comer aparte y estaba cansada de pasar por ese mal trago cada día, así que contraatacó con valentía.
-Muy bien. Dime que día y a que hora.

La noche del sábado, a las 10 horas, cuando toda la familia ya dormía, Laura estaba sentada en su cama, calzándose sus típicos zapatos en completo silencio, dejando apoyadas sus gafas sobre la mesilla de noche, arreglándose el vestido que le hizo su madre por su cumpleaños y que tan solo utilizaba los domingos para  misa. Miraba por la ventana y solo distinguía a las chicas que caminaban hacia el centro, con vestidos mucho más ajustados que el suyo, zapatos de tacón, pelo alisado y labios y ojos pintados.
-Parecen auténticas barbies…-pensaba hacia sí, aunque al poco tiempo se dirigió hasta el cuarto de baño e imitó a dichas jóvenes pintándose también los labios de rojo pasión, usando algo de sombra de ojos que solo su madre usaba en casos especiales y por último, deshaciendo esa coleta que tanto la definía en un hermoso pelo suelto que llegaba hasta la mitad de su espalda. De pronto oyó ligeros golpes en la ventana. Era él, que desde la calle de enfrente lanzaba pequeñas piedras contra el cristal. Estaba tan elegante… Una camisa blanca y remangada que resaltaba el bello color de sus ojos marrones, pantalones vaqueros, zapatos de piel, un hermoso reloj colgando de una de sus muñecas… Era todo un caballero apuesto. Laura se precipitó en bajar las escaleras, algo menos consciente de que podía despertar a sus padres. Cruzó el salón y se dispuso a abrir la puerta con cuidado, pero las piernas no dejaban de temblarle, el silencio de su hogar la incomodaba. Solo estaba ella, solo ella era consciente de lo que iba a hacer, saltarse por completo las normas a las que tanto estaba sujeta. ¿Sería lo apropiado partir de casa o no? Recordó las palabras de Álvaro en su mente (vas a estar conmigo, solo es una noche…) Fue solo entonces cuando salió de la casa con más seguridad.

En el centro del pueblo las cosas no marchaban muy bien conforme pasaban las horas. Laura no entendía todo lo que estaba presenciando en aquel barrio de discotecas. Jóvenes tirados en el suelo, completamente ebrios o inclusive desmayados, por no hablar de los que no dejaban de vomitar, chicas y chicos que se tocaban continuamente con descaro e incluso agresividad, botellas en las esquinas de cada pub y la música demasiado estruendosa, tanto que le causaba fuertes dolores de cabeza.
-Toma, esta es para ti -era Álvaro, ofreciéndole a Laura una pequeña pastilla, casi minúscula en la palma de la mano.
-¿Qué es?
-Te tranquilizará, confía en mí-le decía mirándola a los ojos con una leve sonrisa en sus labios.
-Esta bien…
-Ven conmigo. Te llevaré a un lugar más tranquilo- le sugería al oído él.
-¿Qué es todo esto Álvaro? No me gusta este sitio. La gente está extraña, antipática y no paran de acercarse. Quiero volver a casa. Por favor…llévame a casa-le pedía reiteradas veces ella con temblores en su aniñada voz.
-Ey ey tranquila- agarrándola de la mano y llevándole hacia un parque algo más despejado de las aglomeraciones, aunque un tanto oscuro y tenebroso. Juntos se sentaron en un banco próximo y sin hablar se miraron a los ojos. Ella quedó petrificada por la situación, él no lo pensó dos veces y descendió una de sus manos hasta la parte inferior del vestido de Laura. Laura se resistió, sujetó con fuerza su mano y negó con la cabeza. Él se acercó a ella aún más entonces, pegó los labios (esta vez humedecidos) en su cuello, tocó su pelo y bruscamente le desabrochó el vestido.
-¡Para! ¿Qué estás haciendo?-el romanticismo ya no era tan romántico.
-Solo déjame tocarte un poco chica…- Comenzó a agarrarla con fuerza entre sus manos, impidiéndole un simple movimiento, agobiándola cada vez más. Ella gritaba cuanto podía pero su voz esta ver era débil, incluso insonora. No lograba apartarse de él y de su cuerpo, que se rozaba forzosamente contra el suyo, aun virgen. La noche, las luces de neón, los árboles del parque, todo daba vueltas alrededor de Laura. Cada vez se sentía más débil, con menos fuerzas, tan siquiera era capaz de seguir pensando con claridad. Solo distinguía el sonido de la música, los gritos de la gente, los pitidos de los coches y sus gemidos internos.

Desmayó.

Cuando despertó, era ya de día. Ahí estaba Laura, tirada sobre el banco, con su vestido de cumpleaños roto, el pintalabios corrido, sus bragas al nivel de las rodillas y parte de su cuerpo al descubierto, un cuerpo esta vez arañado, sudoroso... Fue percatándose de lo que había ocurrido sin evitar las lágrimas en sus ojos de impotencia, pero ya nada podía hacer para remediarlo. Poco a poco fue levantándose del banco y caminó hasta su casa con la cara descompuesta y las pocas fuerzas que le restaban. Miró a su alrededor y  habían otras muchas como ella, algunas eran aquellas que había visto precisamente la noche anterior. Éstas, caminaban descalzas hacia sus casas, sujetando con una mano su glamurosos tacones, despistadas, semidesnudas no solo en cuerpo, también en alma, aunque a diferencia de Laura, orgullosas de haber sido un plato de buen gusto.

Fue en ese instante cuando Laura comprendió una cosa: que jamás tuvo que renunciar a ser ella por ser la que los demás querían que fuese.

Dariel Ventura Pérez

ANÁLISIS DEL CUENTO

Hay tan sólo un personaje protagonista en esta historia: Laura. Es en ella en la que he querido depositar el mayor “jugo” del cuento. Pero también hay otros secundarios que influyen en la toma de decisiones de Laura: Álvaro, sus padres, las chicas que Laura ve a través de la ventana, el instituto…
LAURA
Laura es una chica inocente. Desconoce gran parte del mundo que le rodea porque siempre ha vivido rodeada de sus familiares y sus estudios y no de nada más. De ahí que el conocer un chico como Álvaro suponga para ella una completa novedad a la vez que desconcierto.
Ella es diferente como muestro en el cuento, es decir, viste de forma distinta a las chicas de su clase, le interesan otro tipo de cosas… por lo que está incomprendida dentro de su juventud, no tiene un círculo de amigos del cual apoyarse, tan solo de sus padres que no pueden entender muchas de sus motivaciones como adolescente. Álvaro supone para ella  el primer amor y al mismo tiempo su mayor desgracia, es el chico que quiere que deje de ser distinta, y ella, que está enamorada de él, arriesga  incluso sus ideales y sus normas con tal de estar a su lado.
Creo realmente que la situación por la que pasa Laura es la misma que la de muchas chicas en la actualidad que antes de pensar las cosas dos veces se dejan llevar por sus impulsos y placeres, desconociendo los resultados que pueda tener, ya sea una violación como la que sufre ella, como un embarazo o inclusive el riesgo de muerte.
Y al igual que para las chicas, lo mismo, aunque en menor escala, ocurre con los chicos que tampoco meditan las cosas antes de actuar.
ÁLVARO
Álvaro es el completo desconocido, aunque también es el típico chico que con palabras bonitas o gestos amables sabe como llevarse una chica a su terreno, obtener de ella lo que necesita. Él no teme absolutamente a nada. Ha sido incluso capaz de violar a Laura sabiendo que esta no podría defenderse por el consumo de la pastilla que le ofreció. Él si tiene el grado de la experiencia, sabe a lo que se enfrenta, se maneja precisamente en ese mundo de drogas y de alcohol, de ahí que sea respetado por todos.
Hay que tener mucho cuidado, porque realmente existen muchos “Álvaros” en el día a día. Personas que tienen un gran don para encandilar con su belleza, con su indudable atractivo sexual, con sus detalles y sus palabras… en fin, que son verdaderos PRÍNCIPES AZULES. Pero como siempre digo, no existen tales. Son pura superficialidad, personas que no miran más allá de sus intereses. Personas con mucho EGO y también mucha FARSA.
PADRES DE LAURA
Aunque no aparezcan en la historia como personajes principales ni tan siquiera secundarios (simplemente los nombro en un par de ocasiones) son las bases de Laura, es decir, sus pilares. Yo diría que son un reflejo de las NORMAS, de los cumplimientos y de las PROHIBICIONES. Si Laura les hubiera comentado que querría salir esa noche, seguramente se hubieran negado y tal vez nada de lo que ocurrió hubiera sucedido. Pero la pregunta es: ¿Cómo una chica como Laura que ha recibido tal educación de sus padres y sujeta a dichas normas ha sido capaz de incumplirlas? Porque Laura es un individuo y a pesar de todas las normas que le impongas tiene una voluntad propia, en aquel momento la de salir de casa y lo hizo. Fue más poderosa en aquel momento la influencia de un completo desconocido que la de su propia familia.
Si hubiera entonces que sacar algún tipo de error de sus padres, seguramente ese error fuera el de alejar a Laura de la humanidad precisamente, porque el contacto con esta humanidad, con otras personas, le hubiera permitido percatarse de lo que hacer y de lo que no, como por ejemplo, el no consumir la pastilla que Álvaro le ofreció.
LAS BARBIES
Las chicas que vió a través de su ventana Laura, también tuvieron que ver en su decisión de “dejar de ser ella”. Podía haber salido perfectamente como ya estaba vestida, sin embargo decidió llegar a más, pintarse los labios, colocarse sombra de ojos, deshacer su coleta… Y todo eso no es más que el reflejo de: NO QUIERO SER YO, QUIERO SER ELLAS.
Tal y como he previsto este cuento, se trata de una representación de la realidad: la sustitución del “Yo” por ser “Una chica más” y es eso lo que consigue  ella al final del cuento, se convierte en una de las muchas que volvían semidesnudas a casa, insegura, débil, manipulada por un chico y sus falsas promesas. Es decir, sin personalidad alguna para decidir.
SU VIRGINIDAD
Álvaro acaba consiguiendo aquello que quiere.
Para él solo se trata de un poco de sexo.
Para ella se trata de la pérdida de su virginidad de la forma más bruta, escandalosa e injusta posible. Se trata de que alguien le ha robado su inocencia, su niñez, su bondad (que ya no volverá) con tal de una satisfacción física. Nada puede hacer porque está indefensa y esa indefensión es debida a la droga que previamente él le puso sobre sus manos.
LA PASTILLA
La pastilla es tan solo la representación de que siempre podemos elegir, de que siempre hay una ALTERNATIVA.
Ella pudo negarse a tomarla y con ello hubiera sido consciente de todo lo que estaba pasando y hubiera estado alerta. Al tomarla, se está sometiendo a lo que finalmente ocurre, su violación.

Mi intención en este relato es simple: CADA UNO ÉS COMO ÉS Y NO HA DE RENUNCIAR A SÍ MISMO PARA SER ACEPTADO POR LOS DEMÁS.
Muchos han cometido ese error. Laura era distinta, tal vez podría haber cambiado un poco, haberse socializado un poco más con sus compañeros de clase o de otra clase distinta, pero no tiene que negarse a sí misma, no tiene que ser una “Barbie” como acaba siendo en el cuento. Creo realmente que el final de este relato es trágico y penoso, porque deja a las mujeres en el peor de los escalones, un escalón en el que han permanecido hasta hace muy poco. Detalles como el pintalabios corrido o el vestido roto no son más que el reflejo de que somos nosotros quienes con nuestras actitudes podemos estimular ser inferiores a los demás. Hay que tener PERSONALIDAD. Hay que ser PERSONA. Defender tus ideas, tus principios, tu moral y no renunciar a ellos por simples cuentos de hadas o promesas insostenibles.

Espero que este relato os haga reflexionar un poco sobre el valor que nosotros mismos nos damos y que nadie más puede ofrecernos. El simple hecho de ser personas nos hace maravillosos. Seámoslo.

Dariel Ventura Pérez

domingo, 22 de mayo de 2011

El valor de saber amar

En todo el reino de Dögun (Islandia) no existía un bufón tan admirado y querido por todos como lo era Marcelo. Éste, todas las mañanas, con sus ropajes llenos de rombos azules y rojos, una corona de enormes cascabeles, zapatos de charol y una cara completamente pintada de blanco (con labios de rojo intenso y sombras en sus párpados), entraba al palacio del Rey dando vueltas de una esquina a otra, como si estuviera bailando una especie de vals, haciendo reír a carcajadas a los guardianes del rey, regalando golosinas a los más pequeños... La música le acompañaba, cientos de violinistas, un pianista, mujeres cantando dulces sonidos angelicales...Cuando llegaba ante los pies de su majestad, quien se hallaba sentado en su trono de oro gozando de alegría y entretenimiento, besaba las puntas de sus zapatos y posteriormente realizaba una muy elaborada reverencia.
-¡Cuanta lealtad desprenden sus ojos majestad! ¡Cuanta luz el brillo de sus prendas! ¿Quien de todos lo reyes del mundo pudieran a usted compararse?- decía en voz alta Marcelo.
-¡Ninguno!-gritaban agitados los guardianes a cada esquina de palacio.
Fue entonces cuando Marcelo arrastró hacía el trono un enorme espejo de la altura del rey.
-¡Mírese su majestad! Mire cuanta belleza. ¡Cuanto poder!
El Rey hizo caso. Contempló cada rasgo de su cara y sus vestimentas. Unos ojos intensamente azules, labios finos y rosados, pelo rizado y rubio, una extensa bata roja con las iniciales de su nombre dispersados en ella: J.V.M (Jacob Von Myrkur), anillos de oro, zapatos de piel…
-Pero no tengo junto a mí al amor de mi vida- dijo con profunda nostalgia el rey.
Fue entonces cuando se hizo el silencio más incómodo. La música cesó, los violinistas desafinaron su última nota, el pianista separó los dedos del teclado, las mozas que cantaban cerraron  sus dulces voces y Marcelo, agachado como siempre ante el rey, por primera vez se mantuvo erguido, callado, desconcertado. Rápidamente elaboró  un poema con el propósito de animar al Rey.
-¿Qué es amor?-decía nuevamente Marcelo en voz alta, pronunciando el discurso no solo al rey sino a todos los presentes. ¿Un dolor eterno? ¿Una vía de escape? Si se ama se sufre, si no se ama se desespera… ¿Mas cual es la solución?-El bufón movía continuamente sus manos de un lado hacia otro, abría los ojos dramáticamente, como si bajo un hechizo quisiera convencerlos a todos de la inutilidad de amar.
- ¿Tú amas, Marcelo?-preguntaba el rey.
Marcelo no supo entonces que contestar. Desde hacía 25 años convivía con la que él consideraba el amor de su vida, la madre de sus hijos y admitirlo supondría contradecir lo anterior.
-Si, amo su majestad.
-Entonces, ¿a que viene tanta palabrería? Sabes a que me refiero perfectamente. Amar es no dejar de pensar en alguien. Amar es querer cada vez más y más a esa otra persona. Amar es arriesgarlo todo a la posibilidad de no obtener nada a cambio.- El rey elevaba el tono de su voz conforme llegaba a esas reflexiones. Llegó incluso a levantarse del trono y dirigirse a todos los espectadores como si de una obra de teatro se tratara.- ¿Aman entonces todos ustedes? ¿Eh? ¿Aman? ¡Respóndanme!
-Yo amo su majestad- susurraba uno de los guardianes.
-Yo…también amo su majestad- afirmaba con sigilo el pianista bigotudo.
-¡A mí me gusta mucho una chica!-gritó uno de los niños pequeños al tiempo que masticaba con la boca abierta las golosinas que el bufón le ofreció. Todos rieron entonces por la inocencia del chico, inclusive el rey sonrió a pesar de su soledad, sin embargo Marcelo no lo hizo. Estaba callado, con las manos en los bolsillos de su pantalón bombacho, la mirada perdida…
-Marcelo, ¿ocurre algo?- el rey notó la ausencia del bufón. De un momento para otro dejó de estar alegre, dejó de ser feliz. Marcelo permaneció callado, dubitativo, cegado y sordo ante las risas y los murmullos.
¿Marcelo?-repitió el rey.
-Dice usted su majestad que…amar es no dejar de pensar en alguien, ¿verdad?
-Si, eso digo yo si.
-Que amar es ¿querer cada vez más y más a ese alguien?
-Si Marcelo, así es.
-Su majestad…lamento decirle que he de partir. Mañana estaré aquí de vuelta, a su completo servicio. El hombre dio media vuelta y con la cabeza cabizbaja avanzó hacia la puerta, esquivando cada correteo de los niños, cada intento de abrazo, cada mínima muestra de cariño hacia él.
- ¡Marcelo!-gritó a lo lejos el rey.- ¿Qué es lo que te ocurre? ¿He dicho algo que te haya incordiado?
-No su majestad, al contrario, solo me ha abierto los ojos… Esas fueron las últimas palabras de Marcelo antes de cruzar las gigantescas puertas de madera del palacio, antes de desaparecer por completo de entre las sombras de los presentes.
Nadie supo nada más de Marcelo en todo Dögun. Ni tan siquiera su propia familia.
Su mujer, Johana, cada mañana salía de casa creyendo poder encontrar a su marido, al padre de sus hijos. Preguntaba a todos los vecinos, niños, mendigos del barrio…y nadie sabía responderle. Lloraba a cada esquina, en cada calle. El dolor era tan intenso, tan despiadado… a veces era capaz de sentir su corazón hecho añicos. ¿Qué sería de ella y de sus hijos de ahí en adelante? ¿Cómo vivirían? Eran una familia muy humilde con el salario de su marido, pero ahora era ella sola quien tenía que hacer frente a todo.
-Mamá, ¿cuando vuelve papá?-le preguntaba todas las noches el pequeño de todos, Lukas, antes de acostarse entre bultos de paja junto a sus hermanos mayores.
-No lo se mi vida.-pronunciaba Johana con dificultad y apunto de brotarle las lágrimas de entre sus ojos marrones. Ella nunca quería que sus hijos la vieran llorar…-Pero ¿sabes una cosa?, mamá siempre va a estar contigo.
-¿Siempre, siempre?-recalcó la criatura, con cara entristecida.
-Siempre.-Johana les dio a todos un beso en la frente de buenas noches y abandonó el lugar. Caminó todo el barrio a altas horas de la madrugada, gritando el nombre de Marcelo en cada rincón, pidiéndole que volviera, cayendo al suelo de impotencia. Descendió todo el pueblo hasta el lago donde buscaba cada mañana el agua para beber y se sentó en una roca. Allí cerró los ojos en la misma oscuridad de la noche y prestó su completa atención al susurro de las hojas de los árboles generados por el viento, al aleteo de una mariposa cercana a sus oídos, al chapoteo del agua… Abrió después los ojos y miró hacia el cielo, hacia las estrellas y las nubes, recordando los viejos tiempos, las caricias de Marcelo, las miradas, los besos, el amor que día tras día él le concedía. Por muchos momentos quiso suicidarse, acabar con ese dolor, con esa vida trágica. Ahora era infeliz. ¿Qué le retenía aquí?
-Mis hijos…-afirmó.-Mis hijos lo son todo para mí. Les amo. Tengo que seguir cuidando de ellos, verlos crecer, seguir siendo la madre que todas las noches les besa la frente.-Fue entonces cuando se levantó de la incómoda roca para ver el reflejo de su rostro en el agua del lago. Se agachó, se lavó la cara cuidadosamente y luego volvió a su pequeño hogar junto a sus hijos y así estuvo toda la noche, observando como cada uno de ellos conciliaba el sueño, dando gracias por la suerte de tenerles cerca, reconociendo al fin que Marcelo nunca más volvería.

¿Pero que fue de Marcelo?
El bufón de Dögun partió hacia un pueblo al otro lado del país, Marvuk. Quiso huir de todo cuanto le rodeaba, necesitaba nuevas experiencias, nuevas motivaciones y no estancarse en la monotonía de su vida y así fue durante 10 años, 10 magníficos años en los que conoció a una magnífica mujer. Una mujer que encandilaba sus cinco sentidos, esbelta, de labios gruesos y pelo castaño, los ojos verdes más bonitos que jamás había visto. Su nombre era Verónica.
Cada día, ambos hablaban, reían durante horas, compartían experiencias, ideas, reflexiones… Parecían almas gemelas.
Él sentía la necesidad de disfrutarlo al máximo, para él ella era lo que tanto buscaba, el mejor postre.
-Y cuéntame Marcelito mío, ¿nunca has pensado en tener hijos, casarte, formar una familia?- le preguntó Verónica.
A Marcelo se le hizo un nudo en la garganta. Fue inevitable acordarse de su mujer, de sus hijos (tan solo unos niños).Por mucho que intentaba tragar saliva era imposible mantener la compostura, pero pasados los minutos pudo contestar con fluidez.
-Pues mira, siempre he sido un hombre un tanto tradicional. Supongo que algún día tocará ¿no?- usando la mentira como herramienta de complicidad.
-Tienes toda la razón. Una familia es un regalo de Dios, no hay duda. Mi marido es un hombre maravilloso ¿sabes?
La cara de Marcelo se tornó pálida de repente, sus rasgos faciales se tensaron y sus ojos quedaron suspensos en el espacio y tiempo. ¿Marido? ¿Había oído marido?
-Perdona cielo, creo no haberte entendido bien. ¿Has dicho marido?-preguntaba con sudores por todo el cuerpo Marcelo.
-Si… ¡hay que tonta he sido! ¡Se me ha olvidado por completo hablarte de mi matrimonio en todo este tiempo que llevamos juntos!-Marcelo estaba aún más petrificado ante esas palabras, de hecho nada más pudo decir desde entonces.- ¿Y sabes que? Dice que me va a llevar de viaje. El pobre…trabaja demasiado. Seguramente le diré que sí. Si es que en el fondo es lo mejor que me haya podido pasar. ¡Hemos pensando hasta en tener un bebé!
Una ola de sentimientos de angustia, rabia, desconcierto, inseguridad se apoderaron de Marcelo en aquel instante. Verónica no dejaba de hablarle de su marido, un marido del que hasta ahora él no tenía la menor idea. ¿Cual era entonces su papel en esta relación durante todos estos años?
Al no poder seguir manteniendo la poca serenidad que le quedaba, se levantó de la cama sin explicaciones, se calzó unos zapatos viejos y rotos que le había regalado Verónica, se vistió y partió sin mirar atrás, dejando en completa duda a la mujer bella que permanecía sentada sobre la cama.
Volvió a Dögun, arrepentido de todo lo que había hecho, culpabilizándose solo entonces de todos sus errores.
Caminó durante días y días de vuelta a su pueblo natal, ayudándose de la caridad de algunos granjeros que le ofrecían su hogar para descansar y de los frutos que en los extensos bosques de Islandia le nutrían.
Finalmente llegó. Buscó a su mujer e hijos, queriéndoles dar explicaciones, queriendo pedirles disculpas, arrodillarse si era necesario, queriendo demostrar que seguía amándoles incondicionalmente… pero no los encontró en su hogar. Ya no estaban. El sitio estaba oscuro, silencioso, frío, como si durante siglos nadie hubiera habitado el lugar. Fue entonces cuando salió a la calle, preguntando a cada peatón, a cada vecino donde podía encontrar a su familia, pero pocos le respondían y otros…
-¿Ahora te preocupas por tu familia sinvergüenza?- gritaba la panadera desde su tienda, agarrando una barra de pan entre sus dos manos en señal de amenaza para evitar una proximidad de Marcelo.
-¡Necesito encontrarles, por favor, díganme donde están!-gritaba ya con desespero Marcelo, mirando hacia todos los lados, buscando una salida, una señal, algo que le indicara donde estaban sus pequeños y su mujer.
-¡Pues ya puedes recorrerte todo Dögun porque por mis santos que no pienso decirte ni una sola palabra!-le dijo entonces Wilson, uno de los mejores amigos de Marcelo, de edad ya anciana y bastón sobre el que posaba su peso. Había envejecido considerablemente desde la última vez que lo vio.
-¡Wilson! Por favor Wilson, no me hagas esto amigo.
-¿Amigo? Yo no soy amigo de un hombre que no es tan siquiera hombre.-y se fue entre las sombras y los callejones del pueblo, sin pensárselo dos veces.
¿Que hacer? ¿Que más podía hacer Marcelo? ¿Recorrerse todo Dögun? ¿Y si habían muerto? Entonces él también moriría. Ahora era consciente de que su vida no tendría sentido sin la de su familia. Recorrió cada rincón del pueblo, dolido, triste, cansado, con los zapatos ya completamente descocidos y los dedos de los pies rojos y al completo descubierto, además de sus ropajes desteñidos y pobres. Todo el pueblo lo miraba con indiferencia, le ignoraban por completo. Nadie le quería allí. Pero cuando estaba apunto de desistir, de reconocer la derrota, de caer en el abismo, se dio cuenta de donde estaba, a las puertas del palacio real. Ese palacio para el que durante tantos años había servido, en el que recordaba sus mejores vivencias. Quiso entrar, ver como estaba el Rey, pedirle consejo, sentirse algo arropado. Tocó las puertas de palacio y uno de los guardianes le abrió.
-¿Que solicita?-el muchacho era joven, de cuerpo atlético y voz grave.
-Necesito ver al rey Jacob, es muy importante para mí verle.
-Me temo que será imposible, el rey no recibe visitas de desconocidos sin una cita previa.
-Por favor, necesito que me aconseje, dígale que soy yo, Marcelo, su antiguo bufón. Que ahora si sé lo que es amar. ¡Tengo la respuesta!-esta vez por completo desesperado.
El guardián permaneció un rato dubitativo, sin dejar de mirar el aspecto de Marcelo y reflexionando por dentro qué hacer y qué no.
-Aguarde aquí. Veré que puedo hacer.-cruzando la enorme puerta de madera del palacio y dejando a la espera a Marcelo. Los minutos de espera fueron tensos para el bufón. No dejaba de recordar en aquel sitio toda su vida en pequeñas imágenes mentales (recuerdos); su infancia, madurez, años de trabajo en el reino, amigos… Y entre sus viajes mentales volvió el mismo guardián de antes, esta vez mucho más alegre que la vez anterior, más cordial y agradable con Marcelo.
-No hay ningún problema. El rey le espera en el interior de palacio. Adelante-abriendo de par en par con la ayuda de otro guardián las gigantescas puertas.
Marcelo caminó poco a poco, reconociendo cada detalle del sitio, que permanecía intacto 10 años después: las gruesas columnas de oro, cristales por doquier donde penetraba la apacible luz de los rayos del sol, suelo de mármol, una prolongada alfombra roja de la entrada a palacio hasta los pies del rey… Ahí estaba uno de sus mejores amigos, un verdadero rey, el mejor si cabía la posibilidad. Nada en él había cambiado. Seguía siendo elegante, de finas vestimentas, pelo rizado y rubio, aunque esta vez algo más largo que la última vez y sus ojos brillaban más que nunca. Estaba rebosante de felicidad.
-¿Así que ya sabes lo que es amar de verdad?
Aun había una distancia considerable que los separaba a ambos.
-Lo sé su majestad. Ahora lo sé.
-Me alegra saberlo Marcelo y te deseo suerte en la búsqueda de la persona que te ame.
-No dejo de buscarla. Es mi mujer, son mis hijos. No sé donde pueden estar…llevo todo el día queriendo saber donde están.
-Y yo llevo años Marcelo-una voz femenina y tremendamente familiar contestó a Marcelo.  Él buscó en cada rincón del palacio sin saber que la voz estaba más cerca de lo que él mismo imaginaba. Junto al rey, sentada sobre un trono idéntico al suyo estaba Johana, con los ojos enfocados únicamente en Marcelo, sacándole dos cabezas de altura y muy cambiada en su aspecto físico. Esta vez su pelo era liso, llevaba puesto un vestido blanco con complementos de plata (pulseras, colgantes…) así como unos pendientes de diamante en cada oreja y un anillo de rubí en el dedo. Realmente estaba preciosa.
-Johana. ¡Dios mío mujer te he estado buscando en todo el pueblo!
-¿A si? Bueno, aquí estoy. ¿Que solicitas?-con tosquedad en sus palabras  y una mirada completamente penetrante y vengativa.
-Soy yo Johana. Marcelo. He vuelto, estoy aquí.
-¿Y bien?
-Volvamos a casa Johana. Volvamos a ser como antes. Éramos felices, tú y yo lo sabemos. Los niños también lo eran. Les necesito. Te necesito.
En todo ese diálogo el rey no intervino, tan solo permanecía oyente, receptivo y sujetando la mano de su actual esposa.
-¿Es ahora cuando nos necesitas Marcelo? ¿Después de 10 años? –su tono de voz continuaba siendo tosco y a la vez sereno, como si para ella todo esto no tuviera importancia alguna.-Escúchame bien. Soy feliz, somos felices los niños y yo. Eso es lo importante al fin y al cabo.
-Si pero dime, ¿estás enamorada de este hombre que tienes a tu izquierda? ¿Sientes hacia él lo mismo que sentías por mí o es un simple interés para ti?
-¡Bueno ya es suficiente!-gritó agitado el rey que se levantó de su trono ordenando con su dedo índice a los guardianes que echaran del palacio a Marcelo.
-¡Respóndeme Johana! Respóndeme. ¿Estás enamorada eh? ¿Lo estás?-gritaba entonces Marcelo mientras dos guardianes lo llevaban a hombros hasta la puerta principal. Johana sin embargo permanecía sentada en su trono, observando con detenimiento su anillo de rubí y arreglándose cuidadosamente el pelo.
-¡Aguardad! No lo echéis aun a fuera.-dijo la reina levantándose esta vez de su trono y dirigiéndose sigilosamente con su vestido blanco hacia Marcelo. Un vez que llegó a él le dio un beso en la mejilla y le contestó.
-Si. Estoy enamorada. Me he dado cuenta del sentido del amor Marcelo, de que las cosas no pasan por casualidad como tampoco las personas. Me he dado cuenta de que todos, tarde o temprano encontramos a nuestra alma gemela. Yo la encontré y estoy seguro de que tú también la encontraste. Solo recibimos lo que damos Marcelo, solo lo que damos…-esas fueron las últimas palabras de Johana (la reina) antes de ordenar que le echaran de palacio y volver junto al rey, un hombre que le ofrecía día a día el amor que necesitaba.

Dariel Ventura Pérez


ANÁLISIS DEL CUENTO

Como bien sabemos hay 2 personajes clave en este relato: Marcelo y Johana.
Además intervienen otros personajes con un papel menos protagónico en la historia que son el Rey Jacob, Verónica  (la amante), los hijos del matrimonio y el pueblo en general. Ahora veamos qué esconde cada uno de ellos.

MARCELO:
El bufón de Dögun es el reflejo idóneo de un hombre indeciso, infiel, mentiroso. Un hombre que a pesar de su edad adulta se basa en sus impulsos, sus pasiones… antes de meditar cada situación con raciocinio. De un día para otro parte sin rumbo, olvidándose de su mujer y de sus hijos, buscando nuevas motivaciones como ya sabemos y realmente las encuentra, a pesar de desconocer las consecuencias que ello tendrá. Resulta curioso como todo este cambio se debe a una simple pregunta que le hizo el Rey: ¿Tu amas?
Su profesión de bufón así como sus vestimentas, su elaborado maquillaje y su continuo dramatismo en palacio tiene un claro significado oculto: camuflar al verdadero Marcelo, un hombre escondido tras una máscara, de palabras superficiales (¿Quien de todos lo reyes del mundo pudieran a usted compararse?...) y a la vez de pocos actos, es decir, un hombre que vive de la MENTIRA.
Marcelo es el ejemplo perfecto de un hombre cobarde, un hombre que huye de las dificultades e inseguridades de la vida y que no hace frente a ellas, en este caso, en vez de hablar claramente con su mujer de lo que le ocurre para así poder buscar una solución, desaparece sin más, sin explicaciones. Lo reduce TODO a su FELICIDAD INDIVIDUAL, sin ser consciente de que su felicidad está VINCULADA a la del resto de su familia.

JOHANA:
Johana es la mujer valiente. La mujer, que a pesar de tener que hacer frente a grandes dificultades y a una situación de completo abandono y desamor, consigue salir adelante, consigue basarse en su presente más inmediato, reconocer la caída y volver a levantarse. Su máximo apoyo son sus hijos, de hecho son la razón por la que decide seguir viviendo. Es una mujer fuerte, de eso no cabe la menor duda, pues ante las circunstancias por las que ha pasado, ha sabido digerirlo a la larga y aceptar su realidad.
Acciones que ella realizó como mirarse en el lago y lavarse la cara refleja EL CAMBIO. Refleja una vida nueva, la intención de Johana por dejar atrás el pasado y seguir construyendo su realidad presente.
El vestido blanco que lleva una vez convertida en Reina así como su serenidad a la hora de manifestar su palabra frente a Marcelo no es más que el nacimiento de esa nueva Johana de la que hablaba, una mujer que al fin y al cabo consiguió su felicidad y la de sus hijos.
Entonces solo queda pensar que ambos (Marcelo y ella) realmente no eran almas gemelas como ella misma afirmó al final del relato, puesto que mientras Marcelo representa la cobardía, la huída, pasión, Johana es pura valentía, capacidad para avanzar, razón.

VERÓNICA:
Esa mujer tan exótica, sensual, tan viva y apasionada que deja por completo anonadado a Marcelo, es un personaje clave en esta historia.
Es un simple espejo de Marcelo, una copia idéntica a él, a su personalidad. Tanto es así que ella resulta tener un matrimonio que Marcelo desconoce al igual que ella desconocía el suyo. Podríamos decir que ha sido la ENSEÑANZA perfecta para Marcelo, un golpe directo con la realidad (que por mucho que la disfracemos de mentiras sigue siendo una única realidad). El goce, la pasión, la sensualidad y sexualidad, la satisfacción inmediata que durante esos años Marcelo vivió  acaban siendo sustituidos por algo opuesto: La inconsistencia de esa relación.
Y es que como dice mi padre en muchas ocasiones: “Las mentiras tienen las patas muy cortas”.

EL REY:
El papel del Rey no es de primordial importancia en la historia, mas el simbolismo que esconde es el pilar fundamental tanto para Johana como para Marcelo.
Es una explicación perfecta a que las casualidades de la vida no son más que CAUSALIDADES.
Él reclamaba el amor de su vida, reclamaba el no permanecer durante más tiempo solo, sin nadie a quien amar y valorar. ¿Y quien le diría que sería su mujer la que hasta entonces lo era del bufón a quien le cuestionaba el sentido de amar?
Pero ya no solo se trata de una causalidad, sino también el Rey Jacob es simbolismo de VERDAD, de PUREZA. De un momento a otro supo desnudar por completo a Marcelo, quitarle sus trajes, maquillaje, dramatismo y ver en él quien realmente era y lo que realmente buscaba con una simple pregunta: ¿Tu amas?


Resulta llamativo como cuentos como este pueden tener tanto significado para muchas personas como sé que lo va a tener.
En este cuento quise expresar una serie de conflictos: pasión-razón; mentira-verdad; amor-desamor. Y realmente creo que son aspectos que en cada uno de nosotros tienen una influencia directa.
Quise con este relato expresar una opinión personal que tengo acerca del amor, opinión que crece a lo largo del tiempo en mi interior:
No olvides jamás amarte a ti mismo/a, porque realmente es lo importante. Hay cientos de personas que día a día pasan por nuestro lado y cada una de ellas puede cumplir un papel dentro de nuestras vidas… Pero también, cada una de ellas es una enseñanza, es un aprendizaje. Johana también aprendió del error de Marcelo, se dio cuenta de la importancia de sí misma, de su independencia, porque al fin y al cabo solo nosotros somos dueños de nuestra vida, de si queremos seguir o desistir.
Espero y sé que para ti este cuento va a tener importancia a partir de ahora. Y si por casualidad has pasado o estas pasando por una situación similar, CRÉEME, después de la tormenta y el cielo gris siempre vuelve a salir el Sol.

Dariel Ventura Pérez

sábado, 14 de mayo de 2011

Renacer

Eran las 6 de la mañana en Londres. Todo el pueblo aguardaba bajo sus gruesos abrigos en la plaza central. El frío, sin embargo, penetraba por entre los agujeros de sus descocidos zapatos, congelando sus pies y rodillas, inmovilizándoles. Era el peor invierno desde hacía ya muchos años, un invierno culpable de la muerte de cientos de niños (inocentes) en toda Inglaterra día tras día. Eso desesperaba a Martha, quien llevaba agarrada entre sus brazos a su hija Lucía, de apenas 8 meses.

-Padre… no puedo seguir aquí. La niña va a morir de frío- gritaba ya desesperada al tiempo que intentaba abrigar lo más posible a su hija con una delicada manta de seda.
-Hay que esperar al rey hija. Es nuestra obligación y deber como ciudadanos.
-¡Pero padre, mire como está mi hija, mírela!- la pequeña Lucía, de piel blanquecina y rizos de oro estaba muy pálida. Sus ojos color canela perdían por completo el brillo, sus finos labios temblaban constantemente y sus pequeñitos brazos empezaban a adquirir un ligero tono violeta. La niña, sin embargo, no lloraba, tan solo miraba con ansiedad y desconcierto a su madre.
-Llévatela- Corrigió con decisión Eulalia (su madre)- Corre por esos matorrales y ten cuidado de que nadie te vea. El castigo podría ser duro si se dan cuenta de que no has esperado al rey… Ten cuidado hija mía.
-Gracias mamá, gracias.- las lágrimas rebotaban de entre sus pequeños ojos. Hizo una leve reverencia a su padre, quien la ignoró por completo apartando la vista y corrió todo cuanto pudo, sin mirar atrás, con su pequeño ángel entre sus brazos y esquivando todo obstáculo con el que se encontraba en su difícil trayecto de vuelta a la granja. Los árboles pasaban a ser manchas verdes en movimiento debido a su velocidad y la tierra que pisaba empezaba a ser mas ligera que de costumbre. Estaba llegando.
-¡Estamos llegando hija mía. Estamos llegando! Ya verás, ahora te daré esa leche que tanto te gusta.- Poco a poco Martha empezó a descender su velocidad ya que podía distinguir a lo lejos la granja en la que toda la familia habitaba desde hacía 10 años. El cielo era bastante oscuro, tapado por negras nubes de tempestad y una minúscula llovizna de agua invernal.  La niña, con sus ojos cerrados, estaba tan inmóvil sobre los brazos de Martha que la joven empezó a preocuparse.
-Lucía, cariño. Despierta hija mía. ¿Lucía?- el bebé no despertaba. Sus ojos estaban helados al tacto y sus labios quedaban entreabiertos y sin muestra de respiración.- ¡Lucía… Lucía! No Dios mío no. No me hagas esto Dios mío. Es mi bebé…- pero la niña no despertaba.
Martha probó todo tipo de fórmulas. La agitó entre sus brazos, le ofreció el calor de sus senos, la arropó con todos los trapos que llevaba consigo y nada obtenía con ello salvo el silencio de la pequeña. Lucía jamás volvería a despertar.

Martha se rindió. Cayó sobre el césped y lloró desconsoladamente. Lloró verdaderas lágrimas de sangre, agarrando con fuerza a su bebé con ambas manos, llevándosela consigo, mirando al cielo y culpabilizando a Dios por llevarse la vida de su criatura. La oscuridad consumía por completo el rostro y el alma de Martha. Su existencia ya de nada servía. Quería morir junto a su hija, abandonar esa vida de castigos…

-¿Qué hace una indecente como tú entre estos jardines cuando el mismísimo Rey apunto está de llegar a la plaza donde todos aguardan?- Martha levantó la vista y se enjuagó los ojos con sus manos embarradas en fango. Era un caballero del rey, de ropajes refinados, armas y oscuro y gran caballo. Sus rostros eran secos, fríos, como si su mayor hobby fuera el de castigar a los buenos y honrar a los criminales.
-Señor… disculpe mi arrogancia, pero mi bebé ha muerto. Tengo que llevarla algún lugar donde me la devuelvan Señor, tengo que hacerlo- su valentía era digna de admirar. El mismo caballero, sorprendido ante su respuesta, abrió los ojos con intensidad.
-Déjame ver a ese…bebé. A lo mejor yo puedo hacer algo por ella- “No lo hagas” decía una voz profunda en el interior de Martha. Ella, indefensa, utilizó lo que le restaba de fuerzas para correr con su hija entre brazos. Huyó apresuradamente del cruel caballero, quien la perseguía con insistencia sobre su negro corcel y entre continuas carcajadas. Los caminos eran cada vez mas retorcidos, distorsionados, difíciles de atajar. Cada vez el caballero estaba aún más cerca de castigar con dureza a la pobre Martha, los trotes del caballo sobre el que cabalgaba eran más estruendosos, justicieros… pero cuando todo estaba a punto de concluir con el peor de los finales, el caballero cesó su persecución radicalmente.

-¿Que es todo esto Luxcriff?
Martha también detuvo su carrera. Una voz grave pronunciaba dichas palabras. Una voz enfrente de su rostro. Era él. Subido sobre un hermoso caballo blanco. Nunca nadie llegó a verle el rostro. Nunca nadie tuvo la oportunidad de encontrarle entre los extensos campos de Londres. Su piel negra, ojos color marrón claro, pelo corto y muy rizado, sus gruesos labios… Jamás Martha había visto un hombre con esas características físicas. Todo hombre en Londres al menos cumplía el parentesco de piel, una piel exclusivamente blanca. Era la primera vez que presenciaba con sus propios ojos aquel fenómeno. Asustada, quedó quieta sobre el raso suelo, con su hija esta vez apoyada en su hombro izquierdo.
- Buenos días Príncipe Pol. ¿Cómo usted por estos campos?- le saludaba el caballero.
-El motivo no es de tu absoluta incumbencia Luxcriff. Ahora respóndeme. ¿Qué hacías persiguiendo a esta joven doncella?
-Bueno señorito. Esta…doncella ha incumplido las órdenes de la Inquisición, órdenes que le obligan a permanecer a la espera de vuestro querido padre, rey de Londres.
-Señorita, ¿tiene que decir algo usted al respecto?-no dejaba de mirarle a los ojos, de analizar cada uno de los rasgos de su rostro, su cabello, sus labios.
-Mi hija ha muerto-afirmaba la indefensa joven entre tartamudeos y lágrimas secas en sus mejillas-Él quería arrebatarme de entre mis brazos a mi pequeña.
-¡Eso es completamente falso! Indeseable…vas a saber lo que es bueno.-sacando apresuradamente de entre uno de sus bolsillos un látigo de cuero para esclavos.
El príncipe, con la mandíbula tensa y sujetando con fuerza la correa de su bello caballo blanco lanzó una amenazadora mirada hacia su caballero Luxcriff, quien entendiendo la brusca reacción del príncipe, abandonó el terreno con fugacidad sobre su corcel. Después, el príncipe, bajó del caballo, acercándose lentamente hacia la joven y su bebé.
-Dime, ¿Cómo te llamas?-le preguntaba con gran dulzura el príncipe.
-Mi nombre es Martha, señor.
-¿Qué edad tienes Martha?
-Actualmente tengo…-empezó a contar con los dedos de la mano derecha mientras que sujetaba con los de la izquierda a su bebé fallecida.-17 años, señor.
-¿El bebé es tuyo de veras?
Martha no pudo responder. Sus ojos se empañaron de lágrimas. No podía perder más tiempo. Necesitaba estar sola, socorrer a su hija todo cuanto pudiera, así que retrocedió un par de pasos del príncipe mientras este la observaba con incertidumbre.
-Martha, no voy a hacerte daño. Todo lo malo ha cesado ya. Ven conmigo a palacio. No puedo dejarte sola entre estos terrenos plagados de peligros.
-Necesito ver a mis padres, necesito volver a mi casa, necesito… necesito…- un repentino desmayo se apoderó de Martha. Un desmayo al que el príncipe rápidamente supo reaccionar sujetándola y llevándola a ella y a su hija fallecida a palacio sobre lomos del caballo blanco.


-Querida. Querida. Ya es hora de despertar- oía Martha con sus ojos aún cerrados a lo lejos. Al abrirlos se dio cuenta de donde estaba. Sábanas limpias, ventanas grandes que daban a un bello jardín de rosas rojas, cuadros colgados en cada rincón de la habitación y… una mujer a lo lejos, una mujer alta, de cuerpo y aspecto refinado, piel negra, pelo largo y rizado de color oscuro. Llevaba puesto un precioso vestido de azul celeste y perlas en ambas orejas como pendientes.
-¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi bebé? ¿Quién es usted?-interrogaba Martha.
-Cuantas preguntas querida, jajaja. Verás. Yo soy la Reina de Palacio. Margaret es mi nombre. Mi hijo no ha dejado de hablar de ti estos dos días.
-¿Estos dos días?¿ Discúlpeme pero… cuanto llevo en este lugar?
- Es una verdadera lástima que hayas tenido que pasar por una situación tan trágica como lo de tu hija. Esta tarde le haremos un entierro. Prepárate, ya quedan pocas horas.
-Solo quiero irme a casa con mi hija…
-Martha, escúchame. Tu hija ha fallecido. Acéptalo. Hay muchas cosas que por desgracia vosotros, el pueblo, tenéis que soportar y te aseguro que muy pronto las cosas cambiarán… Pero ahora tienes que ser fuerte y quedarte en palacio. Aquí estarás a salvo.
Martha, a pesar de su inquietud y desespero, era incapaz de llevar la contraria a un ser tan apacible y armonioso como lo era la reina Margaret. Su modo de hablar, de tratarla, de dirigirse con el mayor de los respetos… Martha nunca había recibido tal respeto tan siquiera de sus propios padres. Margaret abandonó entonces la sala mientras que Martha, integrando cada vez un poco más la realidad de los hechos, se dirigió hacia el vestido que al parecer le dejaron colgado a las puertas de un enorme armario enfrente de sus ojos. Un vestido color canela (color que le recordó la dulce mirada de su hija Lucía), tal vez el vestido más bonito que jamás haya visto, puesto que Martha se las arreglaba con los ropajes viejos de sus antepasados(al igual que todo el pueblo hacía). Una vez vestida, tomó el peine de oro que aparecía colocado sobre una mesa próxima a la cama y se peinó cuidadosamente frente a un espejo. Era la primera vez que Martha veía su rostro, sus ojos, sus labios.
-¿Te encuentras algo mejor?- una voz familiar para Martha. Era él de nuevo, el príncipe Pol. Esta vez podía verle mucho mejor. Sus rasgos africanos eran para Martha de un atractivo indudable, casi irresistible. Se acercó a él con prisa e hizo una elaborada reverencia, a lo que él respondió elevando la barbilla de Martha ligeramente con sus dedos.- No es necesario que hagas esto. Solo quería saber cómo te encontrabas.
-Estoy algo mejor señor. Gracias. ¿Esa mujer es...?
-Si, es mi madre. Perdona que irrumpiera en tu dormitorio con tal descaro pero es que es muy…curiosa con las nuevas damas de palacio.
-¿Dama de palacio?
-Si. A partir de ahora eres dama del palacio de Londres. Realeza de Gran Bretaña.
-Pero yo no pertenezco a…
-¿A la sangre azul quieres decir? Martha, no existe tal sangre. Todos somos moralmente humanos y por tanto con igualdad de oportunidades. Supe que eras una dama desde el primer momento en que te vi, en que vi tus bellos ojos. Quédate en palacio Martha. No quiero arriesgarme a que puedas morir allá afuera.- el príncipe se adelantó un par de pasos hacia Martha. Cada vez la cercanía entre ambos era más clara.-Podrás traer también a tu familia si lo deseas. Tenemos hospedaje para ellos.-Un paso más cerca de Martha.- No mereces seguir sufriendo, mereces ser feliz. Obtener la felicidad por la que naciste- esta vez ambos estaban cara a cara, fijando su mirada en el otro individuo, respirando con dificultad, sin desviar atención del momento presente. Los latidos de Martha retumbaban en toda la habitación. Jamás había conocido a alguien tan peculiar, alguien tan especial, alguien tan diferente pero a la vez tan humano.
- Esta bien. Lo haré. Te doy las gracias por salvarme la vida y ocuparte del entierro de mi hija. No sé que voy a  hacer sin ella a partir de ahora.
-Pues con nuestra ayuda lo superarás. Sé que no la podrás olvidar…pero trataremos de hacerte la vida un poco más fácil.

Dariel Ventura Pérez


EL ANÁLISIS DEL CUENTO


MARTHA:
Martha es el claro ejemplo de un ser indefenso. Un ser incapaz de controlar las situaciones de la vida, condicionada por decisiones ajenas (ya sean sus padres o el Rey), cuyos pasos son por tanto indecisos, no tiene un futuro estable, todo lo que le rodea es pura incertidumbre, desequilibrio (de ahí el correr continuamente de un lado a otro por caminos llenos de obstáculos y sin entender bien qué hacer, cómo hacer, de qué huir y de qué no).
¿Por qué es al padre a quien Martha pide marchar con su hija?- Obviamente estamos hablando de una jerarquía en lo que respecta a sexos, es decir, el padre es el patriarca, el que de un modo u otro tiene la última palabra. Es por ello que es a él a quien ella debe explicaciones, excusas.
¿Qué papel cumple entonces su madre?- La madre desobedece por completo las órdenes del padre. En este caso se trata de una mujer liberal. Una mujer que se decanta por la vida de su nieta sin importarle las órdenes, las leyes…

LUCÍA:
La corta existencia de Lucía representa algo tan simple como: la METAMORFOSIS de Martha.
Por tanto, Lucía no representa un personaje de la realidad en sí misma, sino un cambio, una transformación en Martha. Será el punto clave para que en Martha haya un antes y un después.
·       La Martha de antes, la que hemos dicho, indefensa, condicionada, dependiente de otras posiciones mayores a ella.
·       La Martha de después, una Martha capaz de valerse por si misma, con las posibilidades que la vida le ofrece, independiente, libre.
El entierro del bebé (por cruel que parezca) es una representación de la muerte de una antigua Martha y el RENACER de una nueva Martha.

LUXCRIFF:
Es la viva representación de la malicia humana, la agresividad del hombre como también su ignorancia. Luxcriff condiciona su trato cordial en función del nivel social al que pertenezca el otro interlocutor. En este caso, al saber que Martha es un individuo pobre, débil, infeliz, aprovecha sus fuerzas varoniles para sentirse superior. Todo cambia cuando aparece el príncipe. Entonces su actitud cambia por completo, resulta ser un hombre educado, servidor… El caballo sobre el que va montado el caballero Luxcriff es simbolismo de estar situado en un escalón superior al de Martha. Siempre se mantiene de hecho subido sobre el caballo, destacando su figura y menospreciando la vida de la joven y su hija.

PRÍNCIPE POL:
¿UN PRÍNCIPE NEGRO? ¿Cuándo se ha visto tal descaro?
Pues sí. Pol, príncipe de Inglaterra es como todos sabemos, negro. Los motivos son simples. Basta de estereotipos como he dicho anteriormente. Los príncipes se demuestran, como él mismo dice, por sus valores y su moralidad (al igual que las damas). Pol sí valora la vida humana, la vida de Martha. Tanto es así que le ofrece su hogar para que ella se encuentre con su felicidad. A diferencia de Luxcriff, Pol si baja del caballo blanco sobre el que cabalga. Esto significa pues que para él esas diferencias sociales son pura fantasía, son ficticias. De hecho llevó a Martha y a su hija hasta palacio… (a lomos de su caballo).
Pero… ¿Por qué nadie conoce el aspecto físico del príncipe y sin embargo ansían la llegada del Rey? Por mucho que yo intente modificar el cuento, existen unas normas. Las diferencias sociales van más allá… en esta ocasión la piel negra es también un factor o condicionante tremendamente polémico, a la vez que raro, extraño, desconocido. Tanto es así que la misma Martha permaneció perpleja ante su aparición.
Pol es la seguridad en sí mismo, la creencia absoluta en el individuo como individuo, pero también es una simbología de cambio, un cambio de entender o ver las cosas.

REINA MARGARET:
¿TAMBIÉN UNA REINA NEGRA? O CÓMO ALGUNOS DICES ¿DE “COLOR”?
Margaret es la paz y la armonía en este cuento. Es como una especie de ángel de la guarda para Martha, una completa sensación de tranquilidad para la joven.
Su aparición es algo incierta, desconcertante para los lectores. Es una auténtica dama, de los pies a la cabeza, pero también tiene una misión que cumplir para Martha: hacer ver en Martha la mujer que es.
Esto es fácil de comprender, veréis.
El vestido color canela que deja en el armario para Martha es el deseo de convertirla en lo que realmente es: una mujer libre, bella, feliz.
El peine de oro confirma lo anterior y a parte introduce a Martha en otro mundo distinto, un mundo de riquezas y exquisiteces.
Pero…¿Qué hay del espejo? El espejo no es más que la definitiva transformación de Martha. El darse cuenta de quien realmente es, de sus capacidades y su existencia como individuo.


Esto es todo. Ahora es hora de que cada uno llegue a sus propias conclusiones. Gracias por dedicar este tiempo a mi blog y pronto nos volvemos  a ver con nuevas historias.
Saludos

Dariel Ventura Pérez